martes 17 de septiembre de 2019

Recordando Malvinas

La Compañía de Ingenieros de Combate 601 detonan las cargas colocadas en el puente para evitar el avance británico.

El 2 de junio de 1982 tiene un recuerdo muy especial para los integrantes del Arma de Ingenieros. Ese día, el Teniente 1ro Horacio Darío Blanco, perteneciente a la Compañía de Ingenieros de Combate 601, detonó las cargas colocadas en el puente Fitz Roy.

A continuación les compartimos un testimonio del Suboficial Mayor VGM Juan José Martín

“Así volamos el puente de Fitz Roy”

La suya, como tantas otras acaecidas durante el conflicto de Malvinas, es una historia de coraje, entrega y servicio. Integrante de la Compañía de Ingenieros de Combate 601, participó en uno de los actos de guerra que posteriormente trajo funestas consecuencias para el enemigo inglés. Al no poder desembarcar sus tropas, debido a la voladura del puente de Fitz Roy, fueron atacados por aviones de la Fuerza Aérea y sufrieron importantes pérdidas.

“Tenía 21 años, era Cabo y me encontraba destinado en la Escuela de Ingenieros en Campo de Mayo. Recuerdo que estábamos dando instrucción a los soldados nuevos cuando nos conmocionó la noticia de la recuperación de nuestras Malvinas aquel 2 de abril de 1982. La Compañía de Ingenieros de Combate 601 se formó especialmente para ir a Malvinas y el día 10 de abril, a bordo de un avión comercial de Aerolíneas Argentinas, tomábamos contacto con suelo malvinero. Yo era Jefe de Grupo de la 3ra sección de la Compañía y el jefe de la Sección era el Teniente Horacio Darío Blanco. Los más de 200 efectivos de Ingenieros llegamos organizados con todas las secciones correspondientes de la Compañía.

Nos acomodamos en unos galpones cerca del Hospital de Puerto Argentino. Comenzamos a hacer recorridos y construimos campos minados todos los días. Asimismo, dábamos apoyo a los Regimientos cuando era requerido. También construimos un polvorín, mediante la acción de palas mecánicas cavamos un pozo gigante y acopiamos las minas, con las pertinentes medidas de seguridad. El día 18 de mayo llegó el requerimiento de partir hacia Fitz Roy. Un grupo de Ingenieros de Infantería de Marina se había replegado y debíamos efectuar el relevo. Partimos en helicóptero ocho efectivos bajo el mando del Teniente Blanco, en un vuelo de veinte minutos; era la primera vez que yo volaba en helicóptero. Llegamos a mediodía y el helicóptero no aterrizó. Desde baja altura arrojamos nuestras cosas, saltamos y el aparato emprendió rápidamente el regreso. Era un sitio todo llano, ni rocas, ni árboles, apenas algunas hondonadas en las que nos refugiamos y desplegamos nuestras bolsas de cama. Por lo que descubrimos, el puente estaba abandonado. Los Ingenieros de Marina sólo tenían instalado un sistema pirotécnico, que les había fallado. Nosotros colocamos uno pirotécnico y uno eléctrico y, a partir de allí, todas las noches dos de nosotros montábamos guardia junto a las cargas para activarlas si entrábamos en emergencia. El puente, de unos 3,5 mts de ancho por más de 100 m de largo, era un paso estratégico. A través de él se acortaba el camino desde Darwin a Puerto Argentino. Sin el puente había que dar un enorme rodeo de más de 20 km. Las noches eran oscuras, heladas, lluviosas y neblinosas, aptas para cualquier ataque por sorpresa. Debido a ello instalé un perímetro consistente en trampas explosivas por si el enemigo venía. Por las noches podíamos escuchar el sonido de motores de helicópteros, aviones y los cañoneos navales. Los ingleses ya estaban atacando Darwin. Desde nuestro puesto, vimos pasar a Infantes de Marina que se replegaban y recuerdo el paso de un Suboficial del Ejército llevando de la brida a un caballo, sobre cuyo lomo iba montado el Capitán Médico Llanos, de la Compañía de Comandos, que estaba herido tras combatir en Darwin. Recuerdo que había un kelper, habitante de la estancia de Fitz Roy, que con su camioneta venía asiduamente a vernos. En realidad nos espiaba y pasaba por radio información a las tropas enemigas. Cuando le dijimos que había trampas explosivas no apareció más a fisgonear. No hacíamos patrullas, tratábamos de permanecer ocultos. Recuerdo que el 25 de mayo cantamos el Himno Nacional, agitamos una pequeña bandera que teníamos y tomamos chocolate caliente merced a unas barras que teníamos en nuestras raciones. Desde el Comando Superior, el 2 de junio llegó por radio la orden de voladura. Alistamos nuestras cosas para partir rápidamente con lo imprescindible. A las 14,30 horas, el Teniente Blanco dio fuego a las cargas y voló unos veinticinco metros del puente. Radialmente dimos parte de que la misión estaba cumplida.

En manos de Dios

“Debíamos marchar a pie unos 30 km hasta Puerto Argentino y sólo teníamos como guía que no debíamos perder de vista el mar. Nosotros no lo sabíamos, pero habíamos quedado detrás de las líneas enemigas. Los ingleses habían tomado Darwin y la mayoría de las alturas de Puerto Argentino. Avanzábamos en la oscuridad. De pronto, yo tropecé con un alambre de púa. ¡Estuvimos a punto de meternos dentro de un campo minado! A la 1 de la mañana del 3 junio -yo cumplo años ese día- hicimos un alto. Llovía fuego naval y en un pozo nos refugiamos en medio de esa tormenta de plomo y fuego. Toda la noche nos quedamos allí. A la mañana siguiente, descubrimos que estábamos cerca de un camión aguatero del Regimiento de Infantería 4. Blanco habló con el jefe del Regimiento, que no podía entender cómo habíamos llegado allí sin que ellos se enteraran. Resulta que nosotros buscábamos un camino, que gracias a Dios no encontramos porque si lo hubiéramos hecho en medio de la noche habríamos sido acribillados por el fuego de nuestras tropas. Después, vinieron a buscarnos en vehículos desde Puerto Argentino. Nuestra odisea había terminado. Siempre digo que Dios nos guió en medio de la noche hacia la vida. Como colofón, permanecimos hasta el 12 de julio como prisioneros de guerra. Los ingleses querían que marcáramos las zonas que habíamos minado. Éramos 34 Ingenieros de Ejército y Marina que nos desempeñamos en esas actividades. Nos trataban bien. Recuerdo que el 9 de julio le informamos que era el día de nuestra Independencia y no pusieron reparos a que lo celebráramos. Cantamos nuestro Himno, hicimos empanadas y cordero a la parrilla. Vinieron los ingleses y celebramos juntos, con el mayor de los respetos. La guerra había terminado y ya no éramos enemigos, sino sólo soldados que habíamos cumplido con su deber”.